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América desde California hasta la Patagonia fue hábitat en diferentes momentos de una criatura particular: el tigre americano. Civilizaciones complejas le rindieron honores y valoraron como sagrados sus atributos: astucia, fuerza, ferocidad, actividad. A él quisieron los hombres primeros de estas tierras parecerse muchas veces; solitario, sigiloso, sagaz. No pocos lugares de América llevan su nombre, muchas veces expresado en idioma originario: yagua-eté.
Santiago de Liniers pasó a la historia asociado a este nombre en dos ocasiones. El desembarco de sus tropas durante la Reconquista de Buenos Aires se hizo en El Tigre, una localidad de la Provincia argentina de Buenos Aires, así llamada por haber sido territorio de uno de los últimos yaguaretés conocidos en la zona durante el siglo XIX. La otra en Cabeza de Tigre, provincia de Córdoba, donde fue fusilado este patriota que se forjó como hombre de armas y fue fiel a la España que lo miraba con injusto recelo, por su origen francés. Por ella dio la vida muchas veces, por ella fue fusilado cuando intentó organizar la contrarrevolución en 1810, junto a su amigo y compañero de armas, Juan Antonio Gutiérrez de la Concha, gobernador de Córdoba del Tucumán.
Había sido el héroe indiscutido de la Reconquista y de la gloriosa victoria sobre los ingleses apenas tres años atrás. El único que tenía un plan preparado muchos años antes, entre presentimientos e inteligencia militar, solo, sigiloso, sagaz. En tres años –entre 1806 y 1809- hizo uso de sus mejores cualidades: astucia, fuerza, acción, justificando toda su preparación militar y personal anterior.
Como si de investirse tigre se tratara. Como si su misión histórica hubiera sido la de acechar al acechador para que ya no nos acechara. Al tigre inglés lo habría de vencer un tigre americano.
Lo justo y lo injusto: Fusilamiento de Santiago de Liniers y sus compañeros
Para comprender la injusta muerte de Santiago de Liniers hay que colocarse en la lógica militar de aquellos años. Muchos hombres se forjaban entonces en la milicia para servir a su Rey y Señor de un lado, mientras otros Nuevos hombres se forjaban en las Nuevas Ideas para liberar a los demás de Señores y Amos.
Ambos lo hacían con armas en la mente y las manos. En esa lógica estaban unos y otros, ligadas la vida y la muerte.
Las victorias de Santiago de Liniers en la Defensa y Reconquista de Buenos Aires habían sido concurso de la Justicia divina. Su traumático fusilamiento junto a otros contrarrevolucionarios en Cabeza de Tigre fue justicia de hombres. Seguramente injusta.

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